Disturbios en la Montaña

Lo que comenzó como ventarrones helados pronto se convirtió en rumores transados en silencio, gritos en la mitad de la noche y temblores que se nos iban aproximando. El desasosiego entre los expedicionarios era tal que nos impidía seguir encumbrándonos. La zozobra nos acechaba desde el mundo, el clamor de pueblos deslastrados y confusos que respondían preguntas que nadie había hecho, y las respondían mal. Yo soy Pierre Sogol, sacerdote. Pasé años subiendo una montaña gigantesca, procurando el bien, guiado por el antecesor más puro del diamante. Pero por más que subía, bajaba más, por más que me alejaba del mundo, más regresaba. Entonces, a medio camino, entre un peñasco y un acantilado y contemplando la imposibilidad del ascenso, disolví nuestra compañía. Algunos expedicionarios, entendiendo el despropósito de nuestra empresa, bajaron conmigo. Mochilas al hombro y cabizbajos, nos perdimos entre la niebla de los páramos y llegamos a la costa, cada quien embarcando a sus ciudades de origen. Unos pocos continuaron el ascenso, y como ángeles acercándose a las nubes, me los imagino sonrientes cada vez más cerca de lo inmaterial y maravilloso.

Yo por el contrario ahora me encuentro en Nueva York. De la misma manera como una vez me obsesioné por lo esotérico, ahora me encuentro fascinado por lo mundano. No hay día que no pase demasiadas horas leyendo noticias, blogs, y reportajes. En las tardes reviso el desenvolvimiento de los mercados financieros, y entre una cosa y otra, camino, veo, visito, y estudio. En esta época esquizofrénica y ruidosa le ofrezco una voz más al tumulto, y en este blog haré las preguntas que no se hace la gente, pero que igual responden de manera mala y equivocada. Yo soy el profesor Pierre Sogol, sacerdote. Cuando lea las estúpidas declaraciones de un gobernante insulso, léame porque algo tendré que aclarar, y cuando se desate una guerra, búsqueme aquí porque yo tendré algo que si no original, interesante que decirle. Aquí, a medio camino, entre un ascensor y una pared enladrillada me encuentro para servirles. El viaje de mi vida lo tuve que interrumpir por la desazón general del mundo, y aunque contento estoy, he perdido lo inmaterial. Al mundo ahora me dedico (si no al bien), porque no sé si todavía le perdono haber iniciado los disturbios en la montaña que me aterizaron aquí.

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